Cuando el miedo acompaña la búsqueda y el embarazo
- Leticia Martínez Prado
- 20 ene
- 3 Min. de lectura

Hablamos mucho de duelos en psicología: de la pérdida de seres queridos y también de relaciones románticas.
Sin embargo, hablamos poco de otros duelos: los duelos de identidad, la pérdida de mascotas o el duelo perinatal.
Hace poco, en una sesión con una paciente que había sufrido la pérdida de un embarazo en las primeras semanas, me impresionó cuánto se exigía a sí misma y cuánto le exigía su pareja “ser positiva”, “no quejarnos porque ha pasado muy pronto, hay gente a la que le ocurre mucho más tarde”.
En ese momento me pareció extremadamente importante validar su dolor, su necesidad de mostrarlo y compartirlo, ya fuera en forma de queja o de lo que necesitara en ese momento.
También me sorprendió cómo reaccionó cuando le dije que, por supuesto, podía quejarse y estar triste. Que claro que existen duelos perinatales muy duros cuando se pierde un embarazo avanzado, e incluso otros todavía más devastadores ante la pérdida de un hijo o de un niño pequeño tras una enfermedad o un accidente, pero que todo dolor es válido y no tiene por qué interpretarse dentro de una escala de comparación.
Cuando digo que me sorprendió esta conversación no fue tanto por lo que le dije, sino por su reacción de alivio. Le pareció coherente, pero su expresión fue algo así como: “claro, tiene sentido… ¿cómo no lo había pensado antes?”.
Probablemente no lo había pensado porque son pérdidas poco compartidas y, por tanto, duelos poco normalizados.
Este es solo uno de los muchos ejemplos que vemos en consulta casi mensualmente, con mujeres con distintos nombres, circunstancias y apoyos, pero con patrones muy similares.
Hay dos aspectos que merecen una reflexión especial sobre este tema: la normalización y el acompañamiento.
Tanto si hablamos de pérdidas de embarazo, de búsquedas difíciles, como del miedo y la vulnerabilidad que se pueden llegar a sentir durante las 40 semanas de gestación, poner palabras y dar espacio a estas experiencias amplifica temas que hasta ahora han estado poco compartidos y, en muchos casos, silenciados.
El problema es que cuando silenciamos el malestar, también silenciamos las emociones que lo acompañan, considerándolas poco apropiadas o insuficientemente legítimas.
Como sabemos desde la investigación en psicología cognitiva y clínica, intentar suprimir emociones y pensamientos puede aliviar a corto plazo, pero a largo plazo suele generar un mayor malestar emocional, llegando incluso a la psicopatología. Por eso es tan necesario hablar y validar emociones como la pérdida, la tristeza, la frustración, el miedo o la vulnerabilidad, y aprender a manejarlas para que no se transformen en culpa, desesperanza o vergüenza.
He compartido una de las muchas historias que vemos en consulta, pero me voy a permitir compartir también una experiencia personal para abordar el segundo punto: el acompañamiento.
Estando embarazada de aproximadamente 22 semanas, tras un día con cierta incomodidad en el vientre, comencé a sentir dolores muy intensos y punzantes, más fuertes de lo que había experimentado nunca, incluso en menstruaciones especialmente dolorosas. Asustada ante la posibilidad de que fueran contracciones o de que algo no estuviera yendo bien, acudí a urgencias.
Al entrar en el pasillo de la unidad de urgencias ginecológicas, a la espera de las pruebas pertinentes, lo primero que vi fue una cara conocida. Una amiga estaba sentada en otra silla, con la bata del hospital puesta, mirándonos de frente.
Las dos estábamos allí, esperando, cada una con su propio dolor físico y emocional. Durante los minutos que compartimos en ese pasillo no nos dijimos nada ni nos preguntamos nada, pero nos cogimos la mano, con los ojos llenos de lágrimas.
Afortunadamente, lo que yo padecí fueron dolores benignos y todo continuó sin complicaciones. Pero no olvidaré cómo aquella cara amiga y ese gesto silencioso de cogernos la mano fueron, de alguna manera, un bálsamo para el miedo y un puente de conexión.
Esto me hace pensar en cuántas mujeres se enfrentan al miedo durante la búsqueda, el embarazo o, en ocasiones, la pérdida, solas, si no físicamente, al menos a nivel emocional.
La psicología perinatal trabaja regulando emociones, ayudando a reestructurar sesgos cognitivos, pero, sobre todo, busca normalizar y acompañar.
Si te encuentras en un proceso de búsqueda, de espera o de pérdida, recuerda que no son emociones que tengas que transitar sola. Puedes pedir ayuda. Es una ayuda más que justificada y, en muchos casos, profundamente útil para continuar el camino que tú elijas recorrer.
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